«El dominio de los fenómenos
afectivos resulta siempre ambiguo. Pero no tanto porque estos fenómenos mismos
lo sean –al contrario, quizá nada hay más poderosamente claro que muchos de
ellos-, sino, más bien, porque se trata de un terreno poblado de realidades con
fronteras mal delimitadas por la lengua natural y no mucho mejor precisadas por
el análisis psicológico y filosófico, ni por la novela o el drama. Con todo,
resulta difícil encontrar un ejemplo más rotundo de tales ambigüedades en la
teoría que el representado por la compasión.»
Miguel García-Baró
En la actualidad
parece cada vez más justificado carecer de compasión por los demás. Este
pensamiento que se filtra a través de una convivencia complicada, estresada,
repleta de egoísmos y de competencia, nos lleva irremediablemente a la
putrefacción progresiva de algo tan importante como resulta ser el concepto de
humanidad.
Si algo nos ha
permitido llegar hasta estas alturas históricas de este, mal llamado a veces,
proceso evolutivo, es nuestra capacidad de amarnos y de ejercer una real
compasión por los demás. Tendríamos que reflexionar sobre la forma en la que
esta falta de compasión, sus causas y las posibles soluciones para resucitarla
nos pueden cambiar la vida.
No estamos solos,
somos sociedad además de individuos. El alma de la humanidad se descubre a cada
momento en pequeñas anécdotas que nos
ponen los pelos de punta o que nos suscitan, cuando menos, una abstracción de
la que no solemos salir mejor parados.
La compasión no es
un ejercicio hacia lo externo, no es un acto público para aumentar alguna falsa
imagen de reconocimiento que nosotros mismos nos regalamos. Estamos ante algo
mucho más grande y poderoso que lo que puede ser nuestra insignificante y
temporal personalidad. Ser compasivos es
ser a la vez empáticos pero sin posicionarnos excesivamente en el otro hasta el
punto de caer en su misma ciénaga. La compasión como ejercicio dentro de la
mística tiene un valor incalculable porque nos exige, en su práctica sincera,
amar a los que nos rodean, desearles lo mejor, esforzarnos por aportar algo a
sus momentos tristes, pero también nos enseña a no alimentar envidias u odios
que nos impiden realmente descubrir la realidad del ser que hay debajo del
personaje.
Por este motivo,
para poder ser realmente compasivos necesitamos ser absolutamente sinceros con
nosotros mismos a la par que comprender que, de la misma forma que a nuestro
ser lo obstruye el constructo mental de su propio personaje, nuestros
semejantes también son víctimas de la misma broma vital.
Carecemos de
motivos reales para el mal cuando nuestra realidad está sincerada, aceptada y
en proceso de trascendencia. Aunque no tengamos ningún nivel de iluminación
personal, vernos en toda nuestra crudeza nos enseña a no menospreciar a nadie,
a no infravalorar sus esfuerzos o sus derrotas frente a su personaje alimentado
por todo el embrollo que nos rodea. Quizá somos demasiados para convivir en paz
sin que rocemos tanto, pero la compasión actúa como un lubricante social que
nos permite fluir libremente acariciando sin dejar marcas a aquellos que se nos
aproximan.
En nuestra vida diaria,
ser compasivo no es comprar un paquete de pañuelos de papel al señor de color
del semáforo, no es ceder el asiento a una persona mayor o apenarse de las
desgracias ajenas. Es ser valiente de verdad. Vernos y ver a los demás como son
en esencia para que surja el amor inmediato de esa afinidad incuestionable.
Si ese es el caso,
la sonrisa sincera sustituye inmediatamente al falso acto de dar al mendigo y,
aunque puede ser acompañado por la ayuda que nuestro cerebro nos aconseja, la
energía de nuestro acto removerá el espacio que esa persona necesitará
interiormente para darse cuenta de sus posibilidades reales desde lo que
verdaderamente es. Si somos realmente compasivos, la ira natural y educada
frente a la injusticia se tornará calma para entender el germen de lo que
ocurre, lo que motiva nuestra emoción y sentimientos y, sobre todo, para
acercarnos al otro con un sentimiento puro de compasión real, de amor pese a
todo.
Ejercer la
compasión en nuestro día a día nos puede resultar muy fácil frente a aquellos
que queremos sin justificaciones ni obligaciones. Es en ellos donde debemos
expresar con toda nuestra fuerza este sentimiento y educarnos en su calor, en
lo que nos aporta interiormente y en cómo nos construye como seres humanos que
evolucionan hacia una luz incuestionable.
Para la mística de
la casa, para la de la calle y la de los sueños, el amor y la compasión son los
dos instrumentos cruciales que nos pueden ayudar a superar todos los obstáculos
de nuestras propias incapacidades y nuestra mirada introspectiva. En lo más
profundo de ella, sin velos ilusorios, el espejo nos devolverá la imagen nítida
de lo que somos. En ese momento tan sólo la gratitud puede existir frente a
aquel al que dirigimos con todo nuestro corazón la fuerza natural de nuestra compasión.

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