«La
ociosidad es enemiga del alma. Los hermanos deberían participar en unos
momentos concretos en el trabajo manual y en otros momentos concretos en la
lectura de la palabra de Dios».
Capítulo 48 de la regla de San Benito.
Ahora que hemos trabajado algunos aspectos relativos a la
práctica interior y a la actitud ideal para iniciar la búsqueda mística en el
entorno doméstico, puede que sea ya el momento de comenzar a entretejer dónde,
cómo y cuándo podemos aplicar esta actitud.
Nuestras actividades en el hogar ocupan una parte muy
importante de nuestra vida. Si las comparamos con la actividad laboral veremos
que, sumando las horas de sueño, queda poco tiempo para nada si no partimos de
una organización doméstica extremadamente afinada.
La queja de que al volver a casa comienza la segunda
jornada laboral se está convirtiendo, poco a poco, en un mantra de gran
popularidad. Las tareas nos agobian porque están relacionadas con lo que
entendemos por tiempo libre y con todas nuestras posesiones materiales.
Necesitamos alimentarnos, disponer de instrumentos para
hacer la comida, necesitamos limpiarlos y almacenarlos de forma ordenada y
clasificada para su coherente reutilización. También necesitamos lavar la ropa
con la que nos vestimos, secarla, plancharla, doblarla y almacenarla también
para su posterior uso. Necesitamos tantas cosas que parece que esta tarea, tan
poco reconocida a nuestras madres y amas de casa incombustibles, no se acaba
nunca. En realidad es así, estas tareas en general nos acompañarán el resto de
nuestra vida, por lo que es urgente que las abordemos dentro de un sentido
práctico para que no se conviertan en un foco de infelicidad.
Partamos de la base de que somos muy afortunados. Tenemos
comida, techo, ropa, espacio para vivir y descansar junto a nuestras familias.
Tenemos espacio para libros, televisión, internet y un sinfín de cosas más.
Está claro que esta relativa suerte entronca con el modelo de vida que llevamos
y nos garantiza un cierto grado de confort doméstico que no siempre podemos
disfrutar. Podemos imaginarnos en una casa en la que la clasificación para el
reciclado, el mantenimiento de la despensa o el archivo de las facturas, sin
contar todas las tareas anteriormente expuestas, ocurren de forma automática.
Quizá eso es en lo que hemos sido educados al vivir en entornos familiares en
los que los padres hacían las tareas externas de la casa y las madres asumían
el trabajo del hogar como una jornada laboral completa no remunerada.
La realidad ahora es que ese entorno en el que hemos sido
educados no tiene nada que ver con el nuestro. Nadie nos plancha la ropa ni ésta
aparece como por arte de magia en nuestros cajones. Si no nos toca una lotería
y podemos vivir en un hotel, la realidad es que toca ponerse manos a la obra todos
los días de nuestra vida. Toca hacerlo y toca gestionar todos los sucesos
derivados de esta situación anómala para nuestras costumbres educacionales.
Tanto hombres como mujeres nos enfrentamos al reto de la
convivencia laboral doméstica. Está claro que es una empresa de dos en las que
las funciones deben ser revisadas y las cargas de trabajo equiparadas para que
el equilibrio vital no se rompa por este motivo. También es preciso que el
organigrama de tareas se optimice al máximo y que, dentro de lo que nos toca
hacer, podamos reinterpretar la actividad como un medio para alcanzar nuestros
objetivos interiores.
La expresión ora et labora que
suele aparecer en la entrada de los templos benedictinos puede ser un buen
punto de partida para reinterpretar todas estas actividades. La vida monástica
era un entorno de convivencia en el que los monjes tenían que valérselas por
ellos mismos para asumir el conjunto de tareas propias de la vida intramuros
del convento.
Nuestro templo personal no deja de ser el espacio por el
que pagamos un alquiler o hipoteca. Es fundamental que podamos cambiar la
imagen de este espacio en nuestra mente para que podamos abordar esta nueva visión
de la actividad doméstica como medio para la realización mística que buscamos.
Pasar de la imagen personal de centro de trabajo a la de templo del autocultivo
puede ser una manera de poner la energía que este tipo de visión nos va a
requerir.
Nuestras tareas domésticas encierran una posibilidad de
utilización mística en cualquiera de sus interpretaciones.
La simbología de los espacios que ocupamos, su
funcionalidad y sus contenidos nos invitan a encontrar un sentido a estas
actividades para que, una vez debidamente organizadas, puedan hacer que el
tiempo que invertimos en ellas no sea un tiempo tirado a la basura.
Pensamos que barrer el suelo es una tarea tediosa que no
reporta más que hastío. Solemos hacerlo con la intención de acabar pronto para
dedicarnos a otra tarea menos ingrata. No olvidemos que todos estos
simbolismos, todas estas interpretaciones, toda esta forma de asumir la
situación a nivel personal es una interpretación mental que hacemos de cada
situación. Como tal está vinculada a nuestra actitud, nuestro aprendizaje y
nuestras experiencias vitales.
Madurar nos exige una negación progresiva de los elementos de dependencia y, a su vez,
un también progresivo desapego emocional de estos elementos para que nuestro
crecimiento en estratos más amplios de conciencia no quede lastrado.
Este post será el punto de partida a una serie que va a
intentar dar pautas, sentido y simbolismo a estas actividades para que se
conviertan en algo productivo de cara a nuestra tarea. Con el objetivo de que
dejemos de esperar al asistente incombustible que ya nunca llegará y para que,
lejos de aceptar la ausencia de tiempo para el crecimiento personal, reinterpretemos
todas estas acciones como oportunidades magníficas para integrar de forma
práctica los elementos sobre los que conceptualmente filosofamos en nuestra
búsqueda de la luz.
