viernes, 10 de abril de 2015

Generalidades de un enfoque domístico




«La ociosidad es enemiga del alma. Los hermanos deberían participar en unos momentos concretos en el trabajo manual y en otros momentos concretos en la lectura de la palabra de Dios».
Capítulo 48 de la regla de San Benito.


Ahora que hemos trabajado algunos aspectos relativos a la práctica interior y a la actitud ideal para iniciar la búsqueda mística en el entorno doméstico, puede que sea ya el momento de comenzar a entretejer dónde, cómo y cuándo podemos aplicar esta actitud.
Nuestras actividades en el hogar ocupan una parte muy importante de nuestra vida. Si las comparamos con la actividad laboral veremos que, sumando las horas de sueño, queda poco tiempo para nada si no partimos de una organización doméstica extremadamente afinada.
La queja de que al volver a casa comienza la segunda jornada laboral se está convirtiendo, poco a poco, en un mantra de gran popularidad. Las tareas nos agobian porque están relacionadas con lo que entendemos por tiempo libre y con todas nuestras posesiones materiales.
Necesitamos alimentarnos, disponer de instrumentos para hacer la comida, necesitamos limpiarlos y almacenarlos de forma ordenada y clasificada para su coherente reutilización. También necesitamos lavar la ropa con la que nos vestimos, secarla, plancharla, doblarla y almacenarla también para su posterior uso. Necesitamos tantas cosas que parece que esta tarea, tan poco reconocida a nuestras madres y amas de casa incombustibles, no se acaba nunca. En realidad es así, estas tareas en general nos acompañarán el resto de nuestra vida, por lo que es urgente que las abordemos dentro de un sentido práctico para que no se conviertan en un foco de infelicidad.
Partamos de la base de que somos muy afortunados. Tenemos comida, techo, ropa, espacio para vivir y descansar junto a nuestras familias. Tenemos espacio para libros, televisión, internet y un sinfín de cosas más. Está claro que esta relativa suerte entronca con el modelo de vida que llevamos y nos garantiza un cierto grado de confort doméstico que no siempre podemos disfrutar. Podemos imaginarnos en una casa en la que la clasificación para el reciclado, el mantenimiento de la despensa o el archivo de las facturas, sin contar todas las tareas anteriormente expuestas, ocurren de forma automática. Quizá eso es en lo que hemos sido educados al vivir en entornos familiares en los que los padres hacían las tareas externas de la casa y las madres asumían el trabajo del hogar como una jornada laboral completa no remunerada.
La realidad ahora es que ese entorno en el que hemos sido educados no tiene nada que ver con el nuestro. Nadie nos plancha la ropa ni ésta aparece como por arte de magia en nuestros cajones. Si no nos toca una lotería y podemos vivir en un hotel, la realidad es que toca ponerse manos a la obra todos los días de nuestra vida. Toca hacerlo y toca gestionar todos los sucesos derivados de esta situación anómala para nuestras costumbres educacionales.
Tanto hombres como mujeres nos enfrentamos al reto de la convivencia laboral doméstica. Está claro que es una empresa de dos en las que las funciones deben ser revisadas y las cargas de trabajo equiparadas para que el equilibrio vital no se rompa por este motivo. También es preciso que el organigrama de tareas se optimice al máximo y que, dentro de lo que nos toca hacer, podamos reinterpretar la actividad como un medio para alcanzar nuestros objetivos interiores.
La expresión ora et labora que suele aparecer en la entrada de los templos benedictinos puede ser un buen punto de partida para reinterpretar todas estas actividades. La vida monástica era un entorno de convivencia en el que los monjes tenían que valérselas por ellos mismos para asumir el conjunto de tareas propias de la vida intramuros del convento.
Nuestro templo personal no deja de ser el espacio por el que pagamos un alquiler o hipoteca. Es fundamental que podamos cambiar la imagen de este espacio en nuestra mente para que podamos abordar esta nueva visión de la actividad doméstica como medio para la realización mística que buscamos. Pasar de la imagen personal de centro de trabajo a la de templo del autocultivo puede ser una manera de poner la energía que este tipo de visión nos va a requerir.
Nuestras tareas domésticas encierran una posibilidad de utilización mística en cualquiera de sus interpretaciones.
La simbología de los espacios que ocupamos, su funcionalidad y sus contenidos nos invitan a encontrar un sentido a estas actividades para que, una vez debidamente organizadas, puedan hacer que el tiempo que invertimos en ellas no sea un tiempo tirado a la basura.
Pensamos que barrer el suelo es una tarea tediosa que no reporta más que hastío. Solemos hacerlo con la intención de acabar pronto para dedicarnos a otra tarea menos ingrata. No olvidemos que todos estos simbolismos, todas estas interpretaciones, toda esta forma de asumir la situación a nivel personal es una interpretación mental que hacemos de cada situación. Como tal está vinculada a nuestra actitud, nuestro aprendizaje y nuestras experiencias vitales.
Madurar nos exige una negación progresiva de los elementos de dependencia y, a su vez, un también progresivo desapego emocional de estos elementos para que nuestro crecimiento en estratos más amplios de conciencia no quede lastrado.

Este post será el punto de partida a una serie que va a intentar dar pautas, sentido y simbolismo a estas actividades para que se conviertan en algo productivo de cara a nuestra tarea. Con el objetivo de que dejemos de esperar al asistente incombustible que ya nunca llegará y para que, lejos de aceptar la ausencia de tiempo para el crecimiento personal, reinterpretemos todas estas acciones como oportunidades magníficas para integrar de forma práctica los elementos sobre los que conceptualmente filosofamos en nuestra búsqueda de la luz.