sábado, 2 de mayo de 2015

Definiendo el espacio y sus usos


¿Por qué suponerlo, si puedes ver lo que hay que hacer y, si lo ves, puedes ir en esa dirección con amabilidad, sin mirar atrás? Si no lo ves con claridad, aplázalo y recurre a los consejeros más sabios. Si tu intención encuentra obstáculos, avanza según los recursos del momento, sopesando tus medios para permanecer junto a lo que parece justo. Porque lo mejor es conseguirlo, y lo contrario es fracasar. El hombre que siempre es razonable es tranquilo y resulto, alegre y sosegado
Meditaciones de Marco Aurelio. Libro X
Para ver lo que tenemos o debemos hacer es fundamental permanecer en el máximo estado de calma interior. Esta calma nos permitirá dirigir toda nuestra energía a la observación del mayor número posible de matices y detalles de la cuestión sobre la que tenemos que decidir. A su vez, permitirá que conectemos nuestra parte consciente, la que recaba los datos el momento, con nuestra parte inconsciente, la que contiene el fundamento último de nuestro principio y la claridad de acción sobre lo que le corresponde a nuestra naturaleza.
No olvidemos que en muchas ocasiones, nuestra dificultad para decidir no queda entre los paréntesis exclusivos de lo que entendemos por duda. Más bien obedece a la falta de coherencia entre la respuesta que ya hemos dado interiormente a la situación y la que correspondería realmente a nuestra verdadera naturaleza interior. Solemos saltar esta dificultad aplicando un importante volumen de energía en tapar los reflejos de nuestra guía interior, creando un argumentario lo suficientemente convincente para que nuestras propias cuestiones relacionadas con nuestra incongruente próxima acción no tengan posibilidad de réplica.
Si observamos este fenómeno tranquilamente veremos con claridad que la única solución para resolver esta situación es una apuesta absoluta por desarrollar una personalidad íntegra, sólida y coherente con nuestra naturaleza interior debidamente purificada.
Este desarrollo ocurre en el exterior de nuestras vidas y en el interior de nuestros hogares. En ellos necesitamos fijar la energía que nos permita detenernos, calmarnos y dirigir su foco a la cuestión relacionada con nuestra naturaleza profunda. En el exterior resulta muy complejo diseñar el escenario, pero en el interior de nuestras casas, de nuestros templos personales, es posible y debemos abordar esta tarea como un complemento de gran importancia en nuestra búsqueda.
Hablábamos en la entrada anterior sobre la necesidad de fijar la imagen mental de nuestro hogar como si de un templo se tratara. Para hacerlo es muy importante que dediquemos unos momentos para observar nuestra casa con detenimiento. Es un espacio habitado por nosotros que no siempre se ajusta a nuestras necesidades interiores. Es posible que su diseño, su distribución y la organización doméstica que utilizamos estén basados casi por completo en nuestras necesidades exteriores.
Nuestro hogar siempre es un lugar especial en nuestra vida. Para el hombre prehistórico, disponer de un espacio en el que refugiarse se convertía en algo imprescindible ante las inclemencias de la naturaleza. También resultaba ser un espacio en el que expresaban sus primeras inquietudes artísticas con pinturas rupestres que retrataban situaciones cotidianas de sus vidas y también su relación con la naturaleza como entidad poderosa que podía decidir sobre ellos.
Nuestros actuales hogares son mucho más que una caverna en la que pintar las paredes, son el reflejo de una sociedad que ha crecido en complejidad enormemente. Adquirimos muchas cosas por inducción publicitaria y por necesidades adquiridas de múltiples formas distintas.
Si nos detenemos un momento podremos ver que muchas de las cosas que ocupan nuestro espacio cumplen exclusivamente esa función, llenar vacíos.
Desde este momento tranquilo de análisis tendríamos que fijar un par de objetivos derivados de él, el primero aclarar qué es lo que verdaderamente necesitamos. El segundo foco deberá ir dirigido a concretar dónde queremos que esté cada cosa justificando el sentido de dicha ubicación.
Pensemos en nuestra casa. Un espacio para la alimentación, un espacio para el estudio, un espacio para la higiene, un espacio para el descanso, un espacio para almacenar los objetos necesarios para hacer todas estas cosas y, por último, un espacio para encontrarnos y fluir con nuestros semejantes. Aunque es un esquema muy simple, la definición de cada uno de estos espacios en relación con nuestra naturaleza interior puede hacer que no exista ni una sola casa que contenga las mismas cosas aun utilizando esta misma matriz.
Este primer paso para acondicionar nuestro templo puede llevarnos el tiempo que necesitemos, pero es fundamental que dediquemos una reflexión para cada uno de estos espacios decidiendo cuál es el mejor lugar para ubicarlos y qué necesitamos en ellos para hacerlo de forma cómoda, práctica y, sobre todo, útil para definir una forma de acción que nos permita el crecimiento personal dirigido hacia nuestro centro.
Como propuesta de partida nos planteamos analizar la entrada de nuestra casa. La entrada representa el espacio que divide el mundo exterior de nuestro mundo interior. Es un equivalente arquitectónico con nuestro pensamiento racional, el que nos comunica con ambas direcciones de nuestro espíritu.
La entrada es el lugar en el que recibimos y despedimos. Es el punto de encuentro con nuestro templo, el comienzo de la danza vital interior que va a producirse nada más traspasar sus límites. Si lo observamos desde la llegada, debe ser un espacio que nos permita depurar lo que hayamos podido traer de negativo del exterior. También un espacio en el que dejar todo aquello que no va a servirnos o que podemos excluir de nuestra vida en el hogar.
Elegir el color que más nos guste para la entrada es una buena forma de definir esta primera sensación. Aportarle luminosidad, si es posible natural, es una buena forma de simbolizar la naturaleza de nuestro espacio que, al igual que la nuestra, está dirigida hacia la luz. Todo el mobiliario que incluyamos en ella debe reflejar belleza, debe gustarnos, debe agradarnos para hacernos sentir cómodos en nuestra llegada y para comunicarnos lo que vamos a encontrar a partir de ese punto. Los retratos de nuestros seres queridos y algún elemento natural (flores, plantas, un cuadro que refleje la naturaleza) también nos ayudarán a cambiar nuestro estado emocional al llegar a nuestro templo.
Evitar la aglomeración de objetos y el desorden marcarán nuestra intención interior de equilibrio y simplicidad. También el olor de este espacio es muy importante. Si llegamos y nos recibe una fragancia natural que nos guste podremos olvidar con mayor facilidad muchos de los olores que nos han seguido hasta la puerta.
Mantener algunas de estas pautas también nos pueden estimular a que invitemos a entrar a otras personas a nuestro espacio para compartir la vida. La recepción, tanto nuestra como de otros, siempre marca un primer punto que puede influir sobremanera en el desarrollo de las relaciones en el interior del espacio.
Si vemos este espacio desde la salida, es el punto en el que retomamos los instrumentos para la práctica exterior. Tenerlos debidamente organizados, ubicados y preparados para el cambio de sensaciones nos ayudará a salir con la firmeza necesaria al patio de la vida. Una frase inspiradora en la puerta nos puede ayudar a recordarnos cómo navegar esas aguas turbulentas, dónde está nuestro eje y qué maravilloso lugar tenemos para regresar cuando nuestras energías estén reduciendo su intensidad.
Una frase que nos aconseje la actitud al entrar y al salir puede ser nuestro mantra personal para utilizar esta zona del hogar como rampa de despegue y aterrizaje sólida de nuestro espíritu. Para despedirnos de nuestras visitas podemos crear también en este espacio un sentimiento de agradecimiento, de amistad y de sincero respeto hacia ellos. No todo lo que aportamos al lugar es material o sensitivo, también nuestros sentimientos en el momento de configurarlo y en su alimentación diaria al entrar y salir definirá intensamente nuestras sensaciones en este punto tan importante de nuestro hogar.

En la próxima entrada revisaremos un poco cómo plantear una revisión del conjunto de espacios para definir un orden más o menos lógico para replantear su lugar, sus contenidos, su configuración interior y nuestro modelo de acción en esa zona de la casa.

viernes, 10 de abril de 2015

Generalidades de un enfoque domístico




«La ociosidad es enemiga del alma. Los hermanos deberían participar en unos momentos concretos en el trabajo manual y en otros momentos concretos en la lectura de la palabra de Dios».
Capítulo 48 de la regla de San Benito.


Ahora que hemos trabajado algunos aspectos relativos a la práctica interior y a la actitud ideal para iniciar la búsqueda mística en el entorno doméstico, puede que sea ya el momento de comenzar a entretejer dónde, cómo y cuándo podemos aplicar esta actitud.
Nuestras actividades en el hogar ocupan una parte muy importante de nuestra vida. Si las comparamos con la actividad laboral veremos que, sumando las horas de sueño, queda poco tiempo para nada si no partimos de una organización doméstica extremadamente afinada.
La queja de que al volver a casa comienza la segunda jornada laboral se está convirtiendo, poco a poco, en un mantra de gran popularidad. Las tareas nos agobian porque están relacionadas con lo que entendemos por tiempo libre y con todas nuestras posesiones materiales.
Necesitamos alimentarnos, disponer de instrumentos para hacer la comida, necesitamos limpiarlos y almacenarlos de forma ordenada y clasificada para su coherente reutilización. También necesitamos lavar la ropa con la que nos vestimos, secarla, plancharla, doblarla y almacenarla también para su posterior uso. Necesitamos tantas cosas que parece que esta tarea, tan poco reconocida a nuestras madres y amas de casa incombustibles, no se acaba nunca. En realidad es así, estas tareas en general nos acompañarán el resto de nuestra vida, por lo que es urgente que las abordemos dentro de un sentido práctico para que no se conviertan en un foco de infelicidad.
Partamos de la base de que somos muy afortunados. Tenemos comida, techo, ropa, espacio para vivir y descansar junto a nuestras familias. Tenemos espacio para libros, televisión, internet y un sinfín de cosas más. Está claro que esta relativa suerte entronca con el modelo de vida que llevamos y nos garantiza un cierto grado de confort doméstico que no siempre podemos disfrutar. Podemos imaginarnos en una casa en la que la clasificación para el reciclado, el mantenimiento de la despensa o el archivo de las facturas, sin contar todas las tareas anteriormente expuestas, ocurren de forma automática. Quizá eso es en lo que hemos sido educados al vivir en entornos familiares en los que los padres hacían las tareas externas de la casa y las madres asumían el trabajo del hogar como una jornada laboral completa no remunerada.
La realidad ahora es que ese entorno en el que hemos sido educados no tiene nada que ver con el nuestro. Nadie nos plancha la ropa ni ésta aparece como por arte de magia en nuestros cajones. Si no nos toca una lotería y podemos vivir en un hotel, la realidad es que toca ponerse manos a la obra todos los días de nuestra vida. Toca hacerlo y toca gestionar todos los sucesos derivados de esta situación anómala para nuestras costumbres educacionales.
Tanto hombres como mujeres nos enfrentamos al reto de la convivencia laboral doméstica. Está claro que es una empresa de dos en las que las funciones deben ser revisadas y las cargas de trabajo equiparadas para que el equilibrio vital no se rompa por este motivo. También es preciso que el organigrama de tareas se optimice al máximo y que, dentro de lo que nos toca hacer, podamos reinterpretar la actividad como un medio para alcanzar nuestros objetivos interiores.
La expresión ora et labora que suele aparecer en la entrada de los templos benedictinos puede ser un buen punto de partida para reinterpretar todas estas actividades. La vida monástica era un entorno de convivencia en el que los monjes tenían que valérselas por ellos mismos para asumir el conjunto de tareas propias de la vida intramuros del convento.
Nuestro templo personal no deja de ser el espacio por el que pagamos un alquiler o hipoteca. Es fundamental que podamos cambiar la imagen de este espacio en nuestra mente para que podamos abordar esta nueva visión de la actividad doméstica como medio para la realización mística que buscamos. Pasar de la imagen personal de centro de trabajo a la de templo del autocultivo puede ser una manera de poner la energía que este tipo de visión nos va a requerir.
Nuestras tareas domésticas encierran una posibilidad de utilización mística en cualquiera de sus interpretaciones.
La simbología de los espacios que ocupamos, su funcionalidad y sus contenidos nos invitan a encontrar un sentido a estas actividades para que, una vez debidamente organizadas, puedan hacer que el tiempo que invertimos en ellas no sea un tiempo tirado a la basura.
Pensamos que barrer el suelo es una tarea tediosa que no reporta más que hastío. Solemos hacerlo con la intención de acabar pronto para dedicarnos a otra tarea menos ingrata. No olvidemos que todos estos simbolismos, todas estas interpretaciones, toda esta forma de asumir la situación a nivel personal es una interpretación mental que hacemos de cada situación. Como tal está vinculada a nuestra actitud, nuestro aprendizaje y nuestras experiencias vitales.
Madurar nos exige una negación progresiva de los elementos de dependencia y, a su vez, un también progresivo desapego emocional de estos elementos para que nuestro crecimiento en estratos más amplios de conciencia no quede lastrado.

Este post será el punto de partida a una serie que va a intentar dar pautas, sentido y simbolismo a estas actividades para que se conviertan en algo productivo de cara a nuestra tarea. Con el objetivo de que dejemos de esperar al asistente incombustible que ya nunca llegará y para que, lejos de aceptar la ausencia de tiempo para el crecimiento personal, reinterpretemos todas estas acciones como oportunidades magníficas para integrar de forma práctica los elementos sobre los que conceptualmente filosofamos en nuestra búsqueda de la luz.

sábado, 10 de enero de 2015

Practicar la amabilidad



«El hombre no es de ninguna manera un ser firme y duradero, es más bien un ensayo y una transición, no es otra cosa sino el puente estrecho y peligroso entre la naturaleza y el espíritu. Hacia el espíritu, hacia Dios, lo impulsa la determinación más íntima; hacia la naturaleza en retorno a la madre, lo atrae el más íntimo deseo: entre ambos poderes vacila su vida temblando de miedo»
Herman Hesse
Al leer a Herman Hesse, por lo menos en esta cita extraída de su libro El lobo estepario, uno puede pensar que nuestra vida es una temerosa experiencia indefinida entre dos polaridades. A veces sucumbimos a nuestros instintos más animales para después acceder a las nubes del espíritu en un salto constante que acabamos aceptando como el movimiento interior natural del ser humano. Este desplazamiento, aparentemente tan distante, no deja de ser un pequeño movimiento, quizá imperceptible, desde ambos lados de la frontera que separa los extremos de nuestra eterna e injustificada ambivalencia.
El ser se manifiesta en lo terrenal y en lo celeste de una misma forma comunicada. La comunicación entre estos dos espacios de nuestro interior depende de una pauta de circularidad establecida en el mantenimiento de los dos centros equilibrados, uno en lo concerniente a nuestras estructuras de mantenimiento físico humano y otro en nuestra capacidad para escuchar, sin confusión, el maravilloso mensaje de un ave sobrevolando un instante significativo. El ruido del tigre que nos amenaza y la majestuosidad de un atardecer iluminado por el fuego de un dragón oculto; debemos movernos en ambos contextos de forma efectiva, real y equilibrada. Para hacerlo no podemos aterrizar en los excesos de nuestras infinitas polaridades, máxime cuando la exploración de estas nos invita por defecto a estancias más prolongadas de lo recomendable para nuestra progresión espiritual.
La dicotomía es inexistente cuando conocemos de partida la naturaleza bipolar de lo existente y las normas que rigen su complementariedad equilibrada a través del movimiento circular de sus dos simetrías opuestas.
En nuestro día a día parece imposible no pasar del amor al odio cuando el entorno es adorable u odioso en cuestión de segundos. Es necesario establecer un eje emocional no vinculado al contexto, por lo menos en lo que afecta a nuestro sistema límbico, para poder tener un asidero que nos ancle a los centros de equilibrio. Practicar la amabilidad es un ejercicio magnífico para establecer un orden superior de valoración de las situaciones.
Ser amable es empatizar con la parte positiva de aquel que se muestra ante nosotros en su máxima negatividad. A veces podemos interpretar como una debilidad o cesión la no reacción negativa ante un estímulo de ese mismo tinte, sin embargo, si no prestamos la oportuna atención a este pequeño detalle, veremos que nuestra estabilidad desaparecerá en cuestión de segundos por más que tengamos trabajada la tolerancia, la meditación y el autocontrol.
Es preciso establecer un punto de observación que nos sitúe en un plano afectivo positivo. Ser amable, como un rasgo que define nuestra personalidad creada, es un ejercicio magnífico de consolidación de esta visión empática hacia lo positivo. Es también una forma de repartir bondades entre aquellos que se cruzan en nuestro camino. Al hacerlo insistimos en una forma de ser, en una forma de actuar y en una forma de respetar que nos puede llevar a un mayor autocontrol de nuestros impulsos convivenciales negativos.
El día a día puede parecer a veces muy difícil de enfocar desde un punto de partida en balanceo, pero un comienzo ajustado, relajado, con la amabilidad que nuestra propia consciencia se merece, nos puede ayudar en nuestra transformación positiva continua.
Despertar y agradecer a nuestro espíritu su existencia, agradecer la vida como un primer acto de amabilidad para con aquello de lo que formamos parte y que nos ha producido como seres conscientes, es un primer ladrillo en nuestra construcción diaria de esa fortaleza anti extremos. Agradecer a los que nos acompañan su permanencia, con toda la amabilidad y el amor que se merecen por estar junto a nosotros, puede ser también una forma de compartir esencialmente este sentimiento con los más cercanos, aquellos que también son partícipes y soportan nuestro trabajo de restauración, evolución y desarrollo personal.
La vida se merece siempre una bienvenida, cada mañana, cada tarde, cada noche. El sol, la vida, todo lo que nos rodea y que nos permite experimentar directamente el acto sublime de esta magnífica creación, se merece la bendición de nuestra sonrisa interior, nuestro agradecimiento y nuestra caricia emocional. Solo entrenando el amor podemos conquistar esa habilidad, solo experimentándolo podemos afianzar ese sentimiento, solo teniendo el amor en nuestras vidas, podemos aspirar a comunicar, sin vaivenes, nuestra materia terrenal y nuestro espíritu celestial.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Vida práctica



 «Dios había enseñado los secretos de la filosofía natural y de la verdadera religión a algunos elegidos. Con el paso del tiempo, este conocimiento se perdió, aunque sería redescubierto parcialmente e incorporado a las fábulas y las fórmulas mágicas, para de esa manera sustraerlo a los profanos; ahora, en los tiempos modernos, podría ser recuperado de nuevo por medio de la experiencia».
Betty Jo Teeter Dobbs (1930 – 1994)

En estos comienzos de planificación, de puesta en orden y focalización de objetivos para reconducir nuestra visión vital hacia el centro armonizado que pretendemos, no podemos olvidar que estamos iniciando una exploración muy particular llena de obstáculos internos y externos.
La mayoría de las propuestas místicas tradicionales nos proponen desarrollar la capacidad de desconexión con las corrientes mayoritarias. Definir nuestro camino particular en relación a nosotros y sobre el contexto no nos obliga necesariamente a comulgar con ningún elemento público que nos aparte de nuestro camino personal.
La sociedad está repleta de propuestas desequilibrantes, desde el teléfono móvil con su incesante llamada de atención hasta las modernas redes sociales que nos llevan a un declive de nuestra voluntad para que dejemos progresivamente de prestar atención al foco real de nuestra existencia.
Estos elementos inevitables son vitales ya para el desarrollo de cualquier actividad social pública en tanto una gran parte de la sociedad opera en base a ellos. Nosotros no pretendemos aislarnos, más bien ajustar el enfoque para que estos extractores del presente no nos arrastren lejos de nuestra conciencia real del instante continuo.
Es el momento, dentro de nuestra actividad de exploración, de buscar elementos que nos ayuden a fijar nuestros patrones, que nos permitan unificar nuestra actividad interna aplicando protocolos de actividad, afines a esta filosofía, que refuercen nuestra voluntad, nos ayuden a clarificar nuestra mente y a organizar de forma efectiva el flujo de nuestras energías más profundas.
Actividades como el Yoga, la meditación, el Qi Gong o el Taijiquan, nos pueden ser de gran ayuda para consolidar nuestra unión cuerpo/mente en un cuerpo de prácticas psicofísicas que nos acerque a estos fundamentos sensitivos del instante.
Respirar, movernos, sentir y escuchar nuestro interior no siempre es fácil cuando estamos inmersos en la vorágine contaminante de una masa que se deja arrastrar por aquellos cuyos egos reposan en la conciencia dirigente de quienes se creen más que otros.
No nos referimos a los grandes hombres que nos han transmitido tanto sobre el sentido de nuestra búsqueda, nos referimos a los que deciden las tendencias globales, desarrollan las estrategias para implantarlas evaluando y midiendo el impacto de sus procesos para afinarlos todo lo que se pueda guiando a esa masa, a veces irresponsable, a veces inculta, a veces cómoda, a veces inconsciente, hacia el páramo que a ellos más les interese.
Esta inercia no es fácil de superar ya que no pretendemos auto extirparnos de la sociedad, tan solo seguir nuestro camino sin que nada lo contamine. Para ello, para limpiar asiduamente, regenerar y armonizar nuestras energías sutiles, puede ser de gran ayuda asistir regularmente a este tipo de actividades de unificación y equilibrio que hemos mencionado antes. En estos espacios también conseguimos encontrar a personas de búsquedas similares y energías no tan contrarias a las propuestas interiores que buscamos.
Aprender en estos espacios y practicar en el ámbito de nuestros hogares aquellas propuestas de equilibrio, relajación, comprensión, delicadeza, escucha interior, respiración y movilidad puede aportar a nuestros lugares de reposo un aliciente más para estar en ellos y disfrutar del instante.
Las propuestas dadas por los místicos han sido muchas a lo largo de la historia. El enfoque de su aprendizaje y práctica radica fundamentalmente en una conciencia clara de que nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro espíritu son una manifestación constante y unificada de nuestro Ser en un universo inmediato. Es importante no perderse en las miles de ofertas tradicionales y modernas existentes en esta dirección.
Nuestro consejo es elegir la que más nos atraiga, buscar el lugar más próximo y cómodo para realizarla siempre que cuente con una bagaje histórico comprobable y un profesorado debidamente cualificado y coherente con su mensaje. Centrarse en desarrollar el hábito de asistencia a las sesiones y, poco a poco, desarrollar la autonomía suficiente para poder trasladar lo aprendido a nuestra práctica solitaria personal nos permitirá disfrutar, cada vez más, de las experiencias que nos proporcionen.
Sin tiempos, sin expectativas, sin objetivos definidos en plazos que siempre suelen ser injustos con los acontecimientos mundanos. Aplicando nuestro desapego más directo, pero a la vez desarrollando el sentimiento de utilidad que lo aprendido tiene para nuestra actividad interior.
Mejorará nuestra salud, nuestra tranquilidad y nuestra capacidad de conectar con lo más profundo de un Ser que necesita manifestarse en cada acto de nuestra existencia.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Amor y compasión



 «El dominio de los fenómenos afectivos resulta siempre ambiguo. Pero no tanto porque estos fenómenos mismos lo sean –al contrario, quizá nada hay más poderosamente claro que muchos de ellos-, sino, más bien, porque se trata de un terreno poblado de realidades con fronteras mal delimitadas por la lengua natural y no mucho mejor precisadas por el análisis psicológico y filosófico, ni por la novela o el drama. Con todo, resulta difícil encontrar un ejemplo más rotundo de tales ambigüedades en la teoría que el representado por la compasión.»

Miguel García-Baró


En la actualidad parece cada vez más justificado carecer de compasión por los demás. Este pensamiento que se filtra a través de una convivencia complicada, estresada, repleta de egoísmos y de competencia, nos lleva irremediablemente a la putrefacción progresiva de algo tan importante como resulta ser el concepto de humanidad.
Si algo nos ha permitido llegar hasta estas alturas históricas de este, mal llamado a veces, proceso evolutivo, es nuestra capacidad de amarnos y de ejercer una real compasión por los demás. Tendríamos que reflexionar sobre la forma en la que esta falta de compasión, sus causas y las posibles soluciones para resucitarla nos pueden cambiar la vida.
No estamos solos, somos sociedad además de individuos. El alma de la humanidad se descubre a cada momento  en pequeñas anécdotas que nos ponen los pelos de punta o que nos suscitan, cuando menos, una abstracción de la que no solemos salir mejor parados.
La compasión no es un ejercicio hacia lo externo, no es un acto público para aumentar alguna falsa imagen de reconocimiento que nosotros mismos nos regalamos. Estamos ante algo mucho más grande y poderoso que lo que puede ser nuestra insignificante y temporal  personalidad. Ser compasivos es ser a la vez empáticos pero sin posicionarnos excesivamente en el otro hasta el punto de caer en su misma ciénaga. La compasión como ejercicio dentro de la mística tiene un valor incalculable porque nos exige, en su práctica sincera, amar a los que nos rodean, desearles lo mejor, esforzarnos por aportar algo a sus momentos tristes, pero también nos enseña a no alimentar envidias u odios que nos impiden realmente descubrir la realidad del ser que hay debajo del personaje.
Por este motivo, para poder ser realmente compasivos necesitamos ser absolutamente sinceros con nosotros mismos a la par que comprender que, de la misma forma que a nuestro ser lo obstruye el constructo mental de su propio personaje, nuestros semejantes también son víctimas de la misma broma vital.
Carecemos de motivos reales para el mal cuando nuestra realidad está sincerada, aceptada y en proceso de trascendencia. Aunque no tengamos ningún nivel de iluminación personal, vernos en toda nuestra crudeza nos enseña a no menospreciar a nadie, a no infravalorar sus esfuerzos o sus derrotas frente a su personaje alimentado por todo el embrollo que nos rodea. Quizá somos demasiados para convivir en paz sin que rocemos tanto, pero la compasión actúa como un lubricante social que nos permite fluir libremente acariciando sin dejar marcas a aquellos que se nos aproximan.
En nuestra vida diaria, ser compasivo no es comprar un paquete de pañuelos de papel al señor de color del semáforo, no es ceder el asiento a una persona mayor o apenarse de las desgracias ajenas. Es ser valiente de verdad. Vernos y ver a los demás como son en esencia para que surja el amor inmediato de esa afinidad incuestionable.
Si ese es el caso, la sonrisa sincera sustituye inmediatamente al falso acto de dar al mendigo y, aunque puede ser acompañado por la ayuda que nuestro cerebro nos aconseja, la energía de nuestro acto removerá el espacio que esa persona necesitará interiormente para darse cuenta de sus posibilidades reales desde lo que verdaderamente es. Si somos realmente compasivos, la ira natural y educada frente a la injusticia se tornará calma para entender el germen de lo que ocurre, lo que motiva nuestra emoción y sentimientos y, sobre todo, para acercarnos al otro con un sentimiento puro de compasión real, de amor pese a todo.
Ejercer la compasión en nuestro día a día nos puede resultar muy fácil frente a aquellos que queremos sin justificaciones ni obligaciones. Es en ellos donde debemos expresar con toda nuestra fuerza este sentimiento y educarnos en su calor, en lo que nos aporta interiormente y en cómo nos construye como seres humanos que evolucionan hacia una luz incuestionable.
Para la mística de la casa, para la de la calle y la de los sueños, el amor y la compasión son los dos instrumentos cruciales que nos pueden ayudar a superar todos los obstáculos de nuestras propias incapacidades y nuestra mirada introspectiva. En lo más profundo de ella, sin velos ilusorios, el espejo nos devolverá la imagen nítida de lo que somos. En ese momento tan sólo la gratitud puede existir frente a aquel al que dirigimos con todo nuestro corazón la fuerza natural de nuestra compasión.