sábado, 2 de mayo de 2015

Definiendo el espacio y sus usos


¿Por qué suponerlo, si puedes ver lo que hay que hacer y, si lo ves, puedes ir en esa dirección con amabilidad, sin mirar atrás? Si no lo ves con claridad, aplázalo y recurre a los consejeros más sabios. Si tu intención encuentra obstáculos, avanza según los recursos del momento, sopesando tus medios para permanecer junto a lo que parece justo. Porque lo mejor es conseguirlo, y lo contrario es fracasar. El hombre que siempre es razonable es tranquilo y resulto, alegre y sosegado
Meditaciones de Marco Aurelio. Libro X
Para ver lo que tenemos o debemos hacer es fundamental permanecer en el máximo estado de calma interior. Esta calma nos permitirá dirigir toda nuestra energía a la observación del mayor número posible de matices y detalles de la cuestión sobre la que tenemos que decidir. A su vez, permitirá que conectemos nuestra parte consciente, la que recaba los datos el momento, con nuestra parte inconsciente, la que contiene el fundamento último de nuestro principio y la claridad de acción sobre lo que le corresponde a nuestra naturaleza.
No olvidemos que en muchas ocasiones, nuestra dificultad para decidir no queda entre los paréntesis exclusivos de lo que entendemos por duda. Más bien obedece a la falta de coherencia entre la respuesta que ya hemos dado interiormente a la situación y la que correspondería realmente a nuestra verdadera naturaleza interior. Solemos saltar esta dificultad aplicando un importante volumen de energía en tapar los reflejos de nuestra guía interior, creando un argumentario lo suficientemente convincente para que nuestras propias cuestiones relacionadas con nuestra incongruente próxima acción no tengan posibilidad de réplica.
Si observamos este fenómeno tranquilamente veremos con claridad que la única solución para resolver esta situación es una apuesta absoluta por desarrollar una personalidad íntegra, sólida y coherente con nuestra naturaleza interior debidamente purificada.
Este desarrollo ocurre en el exterior de nuestras vidas y en el interior de nuestros hogares. En ellos necesitamos fijar la energía que nos permita detenernos, calmarnos y dirigir su foco a la cuestión relacionada con nuestra naturaleza profunda. En el exterior resulta muy complejo diseñar el escenario, pero en el interior de nuestras casas, de nuestros templos personales, es posible y debemos abordar esta tarea como un complemento de gran importancia en nuestra búsqueda.
Hablábamos en la entrada anterior sobre la necesidad de fijar la imagen mental de nuestro hogar como si de un templo se tratara. Para hacerlo es muy importante que dediquemos unos momentos para observar nuestra casa con detenimiento. Es un espacio habitado por nosotros que no siempre se ajusta a nuestras necesidades interiores. Es posible que su diseño, su distribución y la organización doméstica que utilizamos estén basados casi por completo en nuestras necesidades exteriores.
Nuestro hogar siempre es un lugar especial en nuestra vida. Para el hombre prehistórico, disponer de un espacio en el que refugiarse se convertía en algo imprescindible ante las inclemencias de la naturaleza. También resultaba ser un espacio en el que expresaban sus primeras inquietudes artísticas con pinturas rupestres que retrataban situaciones cotidianas de sus vidas y también su relación con la naturaleza como entidad poderosa que podía decidir sobre ellos.
Nuestros actuales hogares son mucho más que una caverna en la que pintar las paredes, son el reflejo de una sociedad que ha crecido en complejidad enormemente. Adquirimos muchas cosas por inducción publicitaria y por necesidades adquiridas de múltiples formas distintas.
Si nos detenemos un momento podremos ver que muchas de las cosas que ocupan nuestro espacio cumplen exclusivamente esa función, llenar vacíos.
Desde este momento tranquilo de análisis tendríamos que fijar un par de objetivos derivados de él, el primero aclarar qué es lo que verdaderamente necesitamos. El segundo foco deberá ir dirigido a concretar dónde queremos que esté cada cosa justificando el sentido de dicha ubicación.
Pensemos en nuestra casa. Un espacio para la alimentación, un espacio para el estudio, un espacio para la higiene, un espacio para el descanso, un espacio para almacenar los objetos necesarios para hacer todas estas cosas y, por último, un espacio para encontrarnos y fluir con nuestros semejantes. Aunque es un esquema muy simple, la definición de cada uno de estos espacios en relación con nuestra naturaleza interior puede hacer que no exista ni una sola casa que contenga las mismas cosas aun utilizando esta misma matriz.
Este primer paso para acondicionar nuestro templo puede llevarnos el tiempo que necesitemos, pero es fundamental que dediquemos una reflexión para cada uno de estos espacios decidiendo cuál es el mejor lugar para ubicarlos y qué necesitamos en ellos para hacerlo de forma cómoda, práctica y, sobre todo, útil para definir una forma de acción que nos permita el crecimiento personal dirigido hacia nuestro centro.
Como propuesta de partida nos planteamos analizar la entrada de nuestra casa. La entrada representa el espacio que divide el mundo exterior de nuestro mundo interior. Es un equivalente arquitectónico con nuestro pensamiento racional, el que nos comunica con ambas direcciones de nuestro espíritu.
La entrada es el lugar en el que recibimos y despedimos. Es el punto de encuentro con nuestro templo, el comienzo de la danza vital interior que va a producirse nada más traspasar sus límites. Si lo observamos desde la llegada, debe ser un espacio que nos permita depurar lo que hayamos podido traer de negativo del exterior. También un espacio en el que dejar todo aquello que no va a servirnos o que podemos excluir de nuestra vida en el hogar.
Elegir el color que más nos guste para la entrada es una buena forma de definir esta primera sensación. Aportarle luminosidad, si es posible natural, es una buena forma de simbolizar la naturaleza de nuestro espacio que, al igual que la nuestra, está dirigida hacia la luz. Todo el mobiliario que incluyamos en ella debe reflejar belleza, debe gustarnos, debe agradarnos para hacernos sentir cómodos en nuestra llegada y para comunicarnos lo que vamos a encontrar a partir de ese punto. Los retratos de nuestros seres queridos y algún elemento natural (flores, plantas, un cuadro que refleje la naturaleza) también nos ayudarán a cambiar nuestro estado emocional al llegar a nuestro templo.
Evitar la aglomeración de objetos y el desorden marcarán nuestra intención interior de equilibrio y simplicidad. También el olor de este espacio es muy importante. Si llegamos y nos recibe una fragancia natural que nos guste podremos olvidar con mayor facilidad muchos de los olores que nos han seguido hasta la puerta.
Mantener algunas de estas pautas también nos pueden estimular a que invitemos a entrar a otras personas a nuestro espacio para compartir la vida. La recepción, tanto nuestra como de otros, siempre marca un primer punto que puede influir sobremanera en el desarrollo de las relaciones en el interior del espacio.
Si vemos este espacio desde la salida, es el punto en el que retomamos los instrumentos para la práctica exterior. Tenerlos debidamente organizados, ubicados y preparados para el cambio de sensaciones nos ayudará a salir con la firmeza necesaria al patio de la vida. Una frase inspiradora en la puerta nos puede ayudar a recordarnos cómo navegar esas aguas turbulentas, dónde está nuestro eje y qué maravilloso lugar tenemos para regresar cuando nuestras energías estén reduciendo su intensidad.
Una frase que nos aconseje la actitud al entrar y al salir puede ser nuestro mantra personal para utilizar esta zona del hogar como rampa de despegue y aterrizaje sólida de nuestro espíritu. Para despedirnos de nuestras visitas podemos crear también en este espacio un sentimiento de agradecimiento, de amistad y de sincero respeto hacia ellos. No todo lo que aportamos al lugar es material o sensitivo, también nuestros sentimientos en el momento de configurarlo y en su alimentación diaria al entrar y salir definirá intensamente nuestras sensaciones en este punto tan importante de nuestro hogar.

En la próxima entrada revisaremos un poco cómo plantear una revisión del conjunto de espacios para definir un orden más o menos lógico para replantear su lugar, sus contenidos, su configuración interior y nuestro modelo de acción en esa zona de la casa.

viernes, 10 de abril de 2015

Generalidades de un enfoque domístico




«La ociosidad es enemiga del alma. Los hermanos deberían participar en unos momentos concretos en el trabajo manual y en otros momentos concretos en la lectura de la palabra de Dios».
Capítulo 48 de la regla de San Benito.


Ahora que hemos trabajado algunos aspectos relativos a la práctica interior y a la actitud ideal para iniciar la búsqueda mística en el entorno doméstico, puede que sea ya el momento de comenzar a entretejer dónde, cómo y cuándo podemos aplicar esta actitud.
Nuestras actividades en el hogar ocupan una parte muy importante de nuestra vida. Si las comparamos con la actividad laboral veremos que, sumando las horas de sueño, queda poco tiempo para nada si no partimos de una organización doméstica extremadamente afinada.
La queja de que al volver a casa comienza la segunda jornada laboral se está convirtiendo, poco a poco, en un mantra de gran popularidad. Las tareas nos agobian porque están relacionadas con lo que entendemos por tiempo libre y con todas nuestras posesiones materiales.
Necesitamos alimentarnos, disponer de instrumentos para hacer la comida, necesitamos limpiarlos y almacenarlos de forma ordenada y clasificada para su coherente reutilización. También necesitamos lavar la ropa con la que nos vestimos, secarla, plancharla, doblarla y almacenarla también para su posterior uso. Necesitamos tantas cosas que parece que esta tarea, tan poco reconocida a nuestras madres y amas de casa incombustibles, no se acaba nunca. En realidad es así, estas tareas en general nos acompañarán el resto de nuestra vida, por lo que es urgente que las abordemos dentro de un sentido práctico para que no se conviertan en un foco de infelicidad.
Partamos de la base de que somos muy afortunados. Tenemos comida, techo, ropa, espacio para vivir y descansar junto a nuestras familias. Tenemos espacio para libros, televisión, internet y un sinfín de cosas más. Está claro que esta relativa suerte entronca con el modelo de vida que llevamos y nos garantiza un cierto grado de confort doméstico que no siempre podemos disfrutar. Podemos imaginarnos en una casa en la que la clasificación para el reciclado, el mantenimiento de la despensa o el archivo de las facturas, sin contar todas las tareas anteriormente expuestas, ocurren de forma automática. Quizá eso es en lo que hemos sido educados al vivir en entornos familiares en los que los padres hacían las tareas externas de la casa y las madres asumían el trabajo del hogar como una jornada laboral completa no remunerada.
La realidad ahora es que ese entorno en el que hemos sido educados no tiene nada que ver con el nuestro. Nadie nos plancha la ropa ni ésta aparece como por arte de magia en nuestros cajones. Si no nos toca una lotería y podemos vivir en un hotel, la realidad es que toca ponerse manos a la obra todos los días de nuestra vida. Toca hacerlo y toca gestionar todos los sucesos derivados de esta situación anómala para nuestras costumbres educacionales.
Tanto hombres como mujeres nos enfrentamos al reto de la convivencia laboral doméstica. Está claro que es una empresa de dos en las que las funciones deben ser revisadas y las cargas de trabajo equiparadas para que el equilibrio vital no se rompa por este motivo. También es preciso que el organigrama de tareas se optimice al máximo y que, dentro de lo que nos toca hacer, podamos reinterpretar la actividad como un medio para alcanzar nuestros objetivos interiores.
La expresión ora et labora que suele aparecer en la entrada de los templos benedictinos puede ser un buen punto de partida para reinterpretar todas estas actividades. La vida monástica era un entorno de convivencia en el que los monjes tenían que valérselas por ellos mismos para asumir el conjunto de tareas propias de la vida intramuros del convento.
Nuestro templo personal no deja de ser el espacio por el que pagamos un alquiler o hipoteca. Es fundamental que podamos cambiar la imagen de este espacio en nuestra mente para que podamos abordar esta nueva visión de la actividad doméstica como medio para la realización mística que buscamos. Pasar de la imagen personal de centro de trabajo a la de templo del autocultivo puede ser una manera de poner la energía que este tipo de visión nos va a requerir.
Nuestras tareas domésticas encierran una posibilidad de utilización mística en cualquiera de sus interpretaciones.
La simbología de los espacios que ocupamos, su funcionalidad y sus contenidos nos invitan a encontrar un sentido a estas actividades para que, una vez debidamente organizadas, puedan hacer que el tiempo que invertimos en ellas no sea un tiempo tirado a la basura.
Pensamos que barrer el suelo es una tarea tediosa que no reporta más que hastío. Solemos hacerlo con la intención de acabar pronto para dedicarnos a otra tarea menos ingrata. No olvidemos que todos estos simbolismos, todas estas interpretaciones, toda esta forma de asumir la situación a nivel personal es una interpretación mental que hacemos de cada situación. Como tal está vinculada a nuestra actitud, nuestro aprendizaje y nuestras experiencias vitales.
Madurar nos exige una negación progresiva de los elementos de dependencia y, a su vez, un también progresivo desapego emocional de estos elementos para que nuestro crecimiento en estratos más amplios de conciencia no quede lastrado.

Este post será el punto de partida a una serie que va a intentar dar pautas, sentido y simbolismo a estas actividades para que se conviertan en algo productivo de cara a nuestra tarea. Con el objetivo de que dejemos de esperar al asistente incombustible que ya nunca llegará y para que, lejos de aceptar la ausencia de tiempo para el crecimiento personal, reinterpretemos todas estas acciones como oportunidades magníficas para integrar de forma práctica los elementos sobre los que conceptualmente filosofamos en nuestra búsqueda de la luz.

sábado, 10 de enero de 2015

Practicar la amabilidad



«El hombre no es de ninguna manera un ser firme y duradero, es más bien un ensayo y una transición, no es otra cosa sino el puente estrecho y peligroso entre la naturaleza y el espíritu. Hacia el espíritu, hacia Dios, lo impulsa la determinación más íntima; hacia la naturaleza en retorno a la madre, lo atrae el más íntimo deseo: entre ambos poderes vacila su vida temblando de miedo»
Herman Hesse
Al leer a Herman Hesse, por lo menos en esta cita extraída de su libro El lobo estepario, uno puede pensar que nuestra vida es una temerosa experiencia indefinida entre dos polaridades. A veces sucumbimos a nuestros instintos más animales para después acceder a las nubes del espíritu en un salto constante que acabamos aceptando como el movimiento interior natural del ser humano. Este desplazamiento, aparentemente tan distante, no deja de ser un pequeño movimiento, quizá imperceptible, desde ambos lados de la frontera que separa los extremos de nuestra eterna e injustificada ambivalencia.
El ser se manifiesta en lo terrenal y en lo celeste de una misma forma comunicada. La comunicación entre estos dos espacios de nuestro interior depende de una pauta de circularidad establecida en el mantenimiento de los dos centros equilibrados, uno en lo concerniente a nuestras estructuras de mantenimiento físico humano y otro en nuestra capacidad para escuchar, sin confusión, el maravilloso mensaje de un ave sobrevolando un instante significativo. El ruido del tigre que nos amenaza y la majestuosidad de un atardecer iluminado por el fuego de un dragón oculto; debemos movernos en ambos contextos de forma efectiva, real y equilibrada. Para hacerlo no podemos aterrizar en los excesos de nuestras infinitas polaridades, máxime cuando la exploración de estas nos invita por defecto a estancias más prolongadas de lo recomendable para nuestra progresión espiritual.
La dicotomía es inexistente cuando conocemos de partida la naturaleza bipolar de lo existente y las normas que rigen su complementariedad equilibrada a través del movimiento circular de sus dos simetrías opuestas.
En nuestro día a día parece imposible no pasar del amor al odio cuando el entorno es adorable u odioso en cuestión de segundos. Es necesario establecer un eje emocional no vinculado al contexto, por lo menos en lo que afecta a nuestro sistema límbico, para poder tener un asidero que nos ancle a los centros de equilibrio. Practicar la amabilidad es un ejercicio magnífico para establecer un orden superior de valoración de las situaciones.
Ser amable es empatizar con la parte positiva de aquel que se muestra ante nosotros en su máxima negatividad. A veces podemos interpretar como una debilidad o cesión la no reacción negativa ante un estímulo de ese mismo tinte, sin embargo, si no prestamos la oportuna atención a este pequeño detalle, veremos que nuestra estabilidad desaparecerá en cuestión de segundos por más que tengamos trabajada la tolerancia, la meditación y el autocontrol.
Es preciso establecer un punto de observación que nos sitúe en un plano afectivo positivo. Ser amable, como un rasgo que define nuestra personalidad creada, es un ejercicio magnífico de consolidación de esta visión empática hacia lo positivo. Es también una forma de repartir bondades entre aquellos que se cruzan en nuestro camino. Al hacerlo insistimos en una forma de ser, en una forma de actuar y en una forma de respetar que nos puede llevar a un mayor autocontrol de nuestros impulsos convivenciales negativos.
El día a día puede parecer a veces muy difícil de enfocar desde un punto de partida en balanceo, pero un comienzo ajustado, relajado, con la amabilidad que nuestra propia consciencia se merece, nos puede ayudar en nuestra transformación positiva continua.
Despertar y agradecer a nuestro espíritu su existencia, agradecer la vida como un primer acto de amabilidad para con aquello de lo que formamos parte y que nos ha producido como seres conscientes, es un primer ladrillo en nuestra construcción diaria de esa fortaleza anti extremos. Agradecer a los que nos acompañan su permanencia, con toda la amabilidad y el amor que se merecen por estar junto a nosotros, puede ser también una forma de compartir esencialmente este sentimiento con los más cercanos, aquellos que también son partícipes y soportan nuestro trabajo de restauración, evolución y desarrollo personal.
La vida se merece siempre una bienvenida, cada mañana, cada tarde, cada noche. El sol, la vida, todo lo que nos rodea y que nos permite experimentar directamente el acto sublime de esta magnífica creación, se merece la bendición de nuestra sonrisa interior, nuestro agradecimiento y nuestra caricia emocional. Solo entrenando el amor podemos conquistar esa habilidad, solo experimentándolo podemos afianzar ese sentimiento, solo teniendo el amor en nuestras vidas, podemos aspirar a comunicar, sin vaivenes, nuestra materia terrenal y nuestro espíritu celestial.