«El hombre no es
de ninguna manera un ser firme y duradero, es más bien un ensayo y una
transición, no es otra cosa sino el puente estrecho y peligroso entre la
naturaleza y el espíritu. Hacia el espíritu, hacia Dios, lo impulsa la
determinación más íntima; hacia la naturaleza en retorno a la madre, lo atrae
el más íntimo deseo: entre ambos poderes vacila su vida temblando de miedo»
Herman Hesse
Al leer a Herman
Hesse, por lo menos en esta cita extraída de su libro El lobo estepario, uno puede pensar que nuestra vida es una
temerosa experiencia indefinida entre dos polaridades. A veces sucumbimos a
nuestros instintos más animales para después acceder a las nubes del espíritu en
un salto constante que acabamos aceptando como el movimiento interior natural
del ser humano. Este desplazamiento, aparentemente tan distante, no deja de ser
un pequeño movimiento, quizá imperceptible, desde ambos lados de la frontera
que separa los extremos de nuestra eterna e injustificada ambivalencia.
El ser se
manifiesta en lo terrenal y en lo celeste de una misma forma comunicada. La
comunicación entre estos dos espacios de nuestro interior depende de una pauta
de circularidad establecida en el mantenimiento de los dos centros
equilibrados, uno en lo concerniente a nuestras estructuras de mantenimiento
físico humano y otro en nuestra capacidad para escuchar, sin confusión, el
maravilloso mensaje de un ave sobrevolando un instante significativo. El ruido
del tigre que nos amenaza y la majestuosidad de un atardecer iluminado por el
fuego de un dragón oculto; debemos movernos en ambos contextos de forma
efectiva, real y equilibrada. Para hacerlo no podemos aterrizar en los excesos
de nuestras infinitas polaridades, máxime cuando la exploración de estas nos
invita por defecto a estancias más prolongadas de lo recomendable para nuestra
progresión espiritual.
La dicotomía es
inexistente cuando conocemos de partida la naturaleza bipolar de lo existente y
las normas que rigen su complementariedad equilibrada a través del movimiento
circular de sus dos simetrías opuestas.
En nuestro día a
día parece imposible no pasar del amor al odio cuando el entorno es adorable u
odioso en cuestión de segundos. Es necesario establecer un eje emocional no
vinculado al contexto, por lo menos en lo que afecta a nuestro sistema límbico,
para poder tener un asidero que nos ancle a los centros de equilibrio.
Practicar la amabilidad es un ejercicio magnífico para establecer un orden
superior de valoración de las situaciones.
Ser amable es
empatizar con la parte positiva de aquel que se muestra ante nosotros en su máxima
negatividad. A veces podemos interpretar como una debilidad o cesión la no
reacción negativa ante un estímulo de ese mismo tinte, sin embargo, si no
prestamos la oportuna atención a este pequeño detalle, veremos que nuestra
estabilidad desaparecerá en cuestión de segundos por más que tengamos trabajada
la tolerancia, la meditación y el autocontrol.
Es preciso
establecer un punto de observación que nos sitúe en un plano afectivo positivo.
Ser amable, como un rasgo que define nuestra personalidad creada, es un
ejercicio magnífico de consolidación de esta visión empática hacia lo positivo.
Es también una forma de repartir bondades entre aquellos que se cruzan en
nuestro camino. Al hacerlo insistimos en una forma de ser, en una forma de
actuar y en una forma de respetar que nos puede llevar a un mayor autocontrol
de nuestros impulsos convivenciales negativos.
El día a día puede
parecer a veces muy difícil de enfocar desde un punto de partida en balanceo,
pero un comienzo ajustado, relajado, con la amabilidad que nuestra propia
consciencia se merece, nos puede ayudar en nuestra transformación positiva
continua.
Despertar y
agradecer a nuestro espíritu su existencia, agradecer la vida como un primer
acto de amabilidad para con aquello de lo que formamos parte y que nos ha
producido como seres conscientes, es un primer ladrillo en nuestra construcción
diaria de esa fortaleza anti extremos. Agradecer a los que nos acompañan su
permanencia, con toda la amabilidad y el amor que se merecen por estar junto a
nosotros, puede ser también una forma de compartir esencialmente este
sentimiento con los más cercanos, aquellos que también son partícipes y
soportan nuestro trabajo de restauración, evolución y desarrollo personal.
La vida se merece
siempre una bienvenida, cada mañana, cada tarde, cada noche. El sol, la vida,
todo lo que nos rodea y que nos permite experimentar directamente el acto
sublime de esta magnífica creación, se merece la bendición de nuestra sonrisa
interior, nuestro agradecimiento y nuestra caricia emocional. Solo entrenando
el amor podemos conquistar esa habilidad, solo experimentándolo podemos
afianzar ese sentimiento, solo teniendo el amor en nuestras vidas, podemos
aspirar a comunicar, sin vaivenes, nuestra materia terrenal y nuestro espíritu
celestial.
