viernes, 17 de octubre de 2014

Andando que es gerundio




De las múltiples actividades que realizamos a lo largo del día, parece que caminar es una de las más saludables. Todos los médicos nos lo recomiendan. ¡¡Andar, una fórmula óptima para mantener la salud!!. ¿Mental?
En más de una ocasión me he cruzado en alguno de mis paseos con personas que también paseaban. Unas muy bien equipadas para la caminata matutina, otras en aparente fuga de alguna sombra misteriosa, algunas con auriculares y música de alto voltaje. Otros enchufados a un móvil realmente inoportuno.
Reflexionando sobre esta forma de caminar me pregunto si realmente el acto en sí de caminar es tan saludable cuando se aborda desde esa perspectiva.
Las recomendaciones sobre la salud deberían ir acompañadas de algunas indicaciones básicas sobre la forma de caminar, la intensidad física y mental del ejercicio, sus objetivos reales, sus beneficios específicos. Caminar no es solo desplazarse, es también acercarse a aquello a lo que nos dirigimos o alejarse de aquello de lo que nos despedimos.
De los múltiples actos que podemos acometer en nuestra mística doméstica, caminar es uno de los más interesantes. Pero para hacerlo de una forma útil me permitiré detallar algunas indicaciones para que nuestros domisticados no vayan por ahí en meditación caminada revisando los correos electrónicos en el Smartphone.
El acto de caminar es uno de los acontecimientos que marca una diferencia sustancial entre las especies. Sin que nos sintamos muy importantes debemos asumir que el incorporarnos ha marcado, de algún modo, serias diferencias con nuestros hermanos primates. Sin embargo, pese a esta evolución, parece que en algunos aspectos, sobre todo en el plano de la mística, muchos monos están más cercanos al tao de lo que lo estamos nosotros.
Dado que es algo que nos ha situado tan arriba sobre el conjunto de especies, deberíamos cultivarlo como un acto sagrado del que podemos extraer numerosos beneficios y que puede ser de gran apoyo a nuestra ruta interior.
Calcular cuánto, cómo, por dónde y para qué son algunas de las habituales preguntas que nos hacemos antes de acometer cualquier empresa. En este caso son también harto necesarias.
Podemos interpretar el acto de caminar como un acto de escucha. Nuestro cuerpo al caminar alterna constantemente su peso de una pierna a la otra. Nuestras caderas reciben la carga de nuestra parte superior y la van distribuyendo, rítmicamente, en un vaivén delicioso entre nuestras piernas. Este vaivén, cuando es acompañado por el ritmo alterno de los brazos que se balancean, integra el resto de nuestro cuerpo en una constante experiencia de lateralidades mutantes que nos pueden dar mucha información sobre el estado de tensión de nuestro cuerpo. Como ejercicio entendemos que es de una gran utilidad porque, no solo moviliza nuestra sangre y hace funcionar con mayor intensidad a muchos de nuestros órganos, también nos permite conocer las tensiones que acumulamos en algunas partes de nuestros cuerpo y, en consecuencia, poder abordar los cambios necesarios para disolverlas.
Pero, además de una gran actividad física, un paseo es también un momento en soledad, un momento en el que podemos dejar atrás momentáneamente muchas cosas para explorar exteriores repletos de matices. Podemos andar y observar sin juicios. Podemos establecer diferentes rutas y observar cómo responde nuestra mente y nuestro cuerpo a esas estructuras diferentes.
No sólo puede ser un acto de relajación dinámica. También podemos, dentro de las rutas que prefijemos para nuestras caminatas «místicas», ir curioseando sobre los nombres de las calles, dejar que resuenen en nuestra memoria y que activen aquellos vínculos de raíz que tenemos de forma natural con el lugar en el que vivimos. Conocer nuestro entorno nos reporta siempre una tranquilidad muy necesaria para nuestra actividad interior.
En nuestros paseos el verde debería ser una constante. Nadie puede disfrutar andando al lado de una carretera con mucho tráfico. El humo de los coches entra en contraste crudo y doloroso con el salitre de una orilla o el pino húmedo en la mañana.
Descubrir nuestro momento óptimo para pasear, blindarlo ante los batallones de excusas para no hacerlo, deben ser algunas de nuestras tareas. Buscar un calzado cómodo, ropa suelta y de buen tacto, llevar agua y la sonrisa interior dibujada sutilmente, pueden ser los planes más oportunos para abordar un momento de silencio fusionado con el ruido del entorno. Debemos meditar en mitad de la tormenta, la vida no descansa. Nuestra tranquilidad debe surgir del interior y no exigir un exterior inmutable, eso no existe.
Pensamos en la meditación exclusivamente como un acto sentado y a escondidas. Podemos meditar andando y rodeados de aquello de lo que formamos parte. También fusionarnos con el entorno es una buena forma de progresar en nuestra humildad real y sincera. Caminando entre nuestros semejantes, en calma, a un ritmo natural y con una respiración consciente en la que ninguna parte de nuestro cuerpo se desprende sensitivamente de la otra, podemos encontrarnos poco a poco a nosotros mismos.
Nos permitirá disfrutar de la brisa de la mañana, sin ansiedad, sin prisa, observando amaneceres y atardeceres que son siempre un espectáculo que la naturaleza nos brinda. Navegar paso a paso entre los comercios, los edificios, los parques y jardines sin alejarnos de la mente observadora y centrada que vigila a su vez que aquel o este semáforo no estén en rojo antes de cruzar. Despedirnos de nuestro pensamiento en un acto real de despedida hasta nuestro retorno al hogar, ese maravilloso hogar que nos acoge y acoge tantos fragmentos importantes de nuestra vida. Allí llegamos recuperados, limpiados por el silencio interior, con toda nuestra energía fluyendo en el rítmico vaivén que le hemos proporcionado para encontrarnos, si podemos, con otro instante de calma y tranquilidad en un baño o ducha que nos permitirá limpiar el residuo físico y energético que se haya expulsado al exterior de nuestra piel.
Caminar es un acto de purificación pero es fundamental realizarlo sin esperpentos alejados de nuestra búsqueda. El espectáculo real estará ante nuestros ojos, nos lo brinda siempre este hermoso mundo que nos acoge. En él se va a desarrollar nuestro proceso y  de él extraeremos todo aquello que necesitamos para hacerlo. Solo tenemos que dar el primer paso.

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